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Tres mundiales por fuera y contando…

¿Clasificar? No es cuestión de un urgente punto aparte:

Sin pretender un por qué entre comas.

Por Ethan Frank Tejeda.

FEDERACION COLOMBIANA DE FUTBOL

FEDERACION COLOMBIANA DE FUTBOL

Hablemos de lo que no hay en Colombia: fútbol. De lo que existe pero en la evocación y la imaginación. En la rodilla vencida por el antes, por lo memorioso que juega a lo selectivo en orgullos, dejando de lado los años donde los equipos no tenían directivos sino patrones. El fútbol no fue ajeno a las dinámicas de lo que pauperizo todos los universos de sentido de una sociedad como la colombiana: el gesto violento. La tranza y la corruptela que han hecho vivamos de un engaño en lo local que no es sustentable en lo que llaman el concierto internacional. Hagamos una camándula con las escenas de un rentado que juegan al trencito, persiguiéndose como traumas: la mano cerca del área para… autohabilitarse acometida por aquel a quien le habría de fallar el corazón vistiendo la franja de los mala agradecidos, bautizada por los del arribismo futbolero nacional como la mano Funesta; el penal sancionado en una falta a más de treinta metros del arco, sainete que de tanto repetirse corre el riesgo de ser catalogado como una comparsa de carnaval del septiembre negro; la imagen de un doctor con apellido de poeta ofreciéndole un fajo de billetes al arbitro, la misma que intentó caricaturizar el pibe Valderrama al ofrecerle un abúlico billete de cincuenta a Ruiziño; la suspensión del torneo del 89 por la muerte del arbitro Álvaro Ortega, que a nadie se le ocurrió asociar con el asesinato de tres candidatos presidenciales en la contienda que terminaría con la elección de un guaquero; las amenazas de muerte a los árbitros en los partidos que decidirían el equipo condenado a la promoción, ¿qué año? Escoja usted, a placer, la fecha; un equipo costeño que en sorprendente remontada a punto estuvo de reenseñarle el valor de persignarse al Kiko Barrios; las hijas de los referís atrapadas en los baños de nuestros vetustos estadios, gritando para que el juez decida el final de la historia. En beneficio de lo propio, cabe decir que la corruptela no nos es exclusiva, cayendo en el juego del distraído, no falta el que afirme que el problema no es nuestra falta de seriedad, el problema es que nuestras mafias aun no son lo suficientemente ricas para decidir el quién y el qué en el continente. Cinismo, si la eliminatoria juzgara el talento en ese campo seguro no sólo estábamos clasificados, éramos sedes de todos los eventos. Cinismo que funciona en la parroquia, pero no es suficiente para justificarnos en lo que requiere el vínculo de la competencia. La rebatiña por la movilidad del individuo niega la posibilidad del ascenso de los equipos en tablas, a no ser que se trate de equipos de asalto, tranza y rebatiña. Organicen torneos de hambres diversas, para esos si estamos preparados; la pelota en las actuales circunstancias sólo puede ser la distracción de la vida, en un hoy donde cada vez se sacraliza de forma más profunda a la figura del malandrín de factoría, el héroe de entelequias forradas en banderas luce casi tan ridículo como nuestro desempeño en las eliminatorias recientes. Sólo queda el camino de satinar los uniformes de los equipos, para que los jóvenes vean en las telas que rutilan alguna de las promesas de lo que admiran y espectan para sí: la figura del capo. ¿Culpas? Todas, pocas asumidas que nos invitan a hablar, usando el fútbol como pretexto, de lo que hay de sobra en Colombia: Vergüenzas y bebederos abandonados, donde los regentes aprendieron el gesto de lavarse las manos.

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