¿Quién reparte paz en Cali? 

Ana Gamboa 1

Junio 20 - 2017

Por Jorge Luis Galeano

A lo lejos pude distinguirla por su turbante y su vestido colorido. Es mucho más joven de lo que se escuchaba por teléfono. Me recibe con una sonrisa tan encantadora que me hace presentir que la charla con ella será amena. Es enérgica, hace teatro, canta alabaos de su amado Pacífico. Es gestora de paz, una madre, una de las 790 que se han graduado del programa ´Yo no parí para la muerte´, una serie de talleres en donde obtienen herramientas para resolver pacíficamente conflictos en sus barrios, en sus cuadras y en sus casas. 

Parir para la muerte 1La experiencia comunitaria de Ana Judith Gamboa, sin embargo, no inició ahí sino hace más de 30 años cuando empezó a capacitarse en talleres que daba el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF. Eso la ha mantenido en correrías por gran parte de los barrios Cuatro Esquinas y Omar Torrijos del Distrito de Aguablanca de Cali. Entre las calles estrechas que los conforman y las invasiones que van y vienen, ha sido testigo de la violencia y de las dificultades de la juventud.

"Hace cuatro años estaba trabajando con unos jóvenes de una invasión. Les dijimos que dibujaran algo y uno de ellos dibujó a un hombre apuntándole con un arma a otro, que estaba de rodillas". Hace una pausa en su relato y mira al suelo. Pensé que iba a llorar. Una semana después, ella se enteró de que ese niño había sido asesinado, "Increíble que haya dibujado su propia muerte", termina.

Esas situaciones "tan comunes" dice ella, no la desmotivan y por eso al enterarse de que empezaba el programa ´Yo no parí para la muerte´, decidió participar: "Me gusta ese nombre porque ¿cómo va a parir uno un hijo para que termine en el pavimento?

Antes de llegar a su casa le había preguntado ¿qué aprendió? Sonrió y en voz alta dijo "a repartir paz". Muy grande la repuesta para entenderla en mi cabeza. Pero no la interrumpí porque se llenó de entusiasmo recordando que a comienzos de este año, por fin recibió el diploma.

A su vivienda se llega después de subir por unas escaleras en caracol. Ella va a adelante y no ha parado de hablar desde que nos encontramos. Que vive ahí desde hace 40 años y que el barrio era peor en esa época que ahora. Recuerda que justo en frente, en donde hoy inicia el barrio Omar Torrijos, solo había invasiones y los jóvenes se reunían a consumir droga: "A la gente le cortaban los dedos" dice.

Su hogar, en 1977, era solo plástico y cartón. Con el tiempo, pudo reconstruirlo con ladrillo y cemento. Desde su ventana se ve la avenida Ciudad de Cali y es como si vigilara el barrio completo. Al sentarnos en la sala, contraataco con la pregunta: ¿qué aprendió?

"Más que todo a hablar con las mamás de los jóvenes que andan en sus ´cosas´ y a través de ellas, hemos llegado a algunos de ellos". Ella dice ´sus cosas´ como si llamarle pandillas o sicariato estuviera prohibido, pero se refiere a eso: a los jóvenes que en su barrio y los aledaños pertenecen a bandas que siembran el miedo y los muertos. Se refiere a la macabra dinámica de las fronteras invisibles y a la ´guerra´ que hay entre los grupos que se han repartido el territorio, como si se trataran de repúblicas independientes. La idea de llegar a esos jóvenes a través de sus madres o hermanas hace parte de la estrategia ´Yo no parí para la muerte´. Las madres tienen una especie de ´pasaporte´ para transitar con menos peligro entre las cuadras y barrios separados por esas líneas imaginarias, porque parecen intocables, sagradas.

"Es como un acuerdo tácito entre esos grupos: que a la mamá no se toca", dice el subsecretario de DerechosParir para la muerte 2 Humanos, Felipe Botero. Con el tiempo, sin embargo, la administración municipal se dio cuenta de que esa ventaja también podría aplicar a madres comunitarias, profesores y todas aquellas personas (hombres y mujeres) que tienen a cargo la formación de menores de edad.

Ana está de acuerdo con esa apreciación. ¿Y qué les dice usted cuando puede hablar con ellos? Dice que con talleres sobre derechos humanos e incluso, en conversaciones informales, les habla sobre la importancia de la educación, de la salud, del trabajo, de la vida. Que tienen empoderarse de sus propias vidas porque "nadie va a venir a solucionarles nada".

No es fácil. La dinámica de violencia está muy arraigada en muchos de esos jóvenes: por miedo o por querer todo rápido, caen fácilmente en ella. Ana reconoce las limitaciones de su esfuerzo porque se encuentra con ideas como: "¿Para qué cambiar? Si apenas se vuelve bueno uno, lo matan" Pero ella insiste y dice que logra convencer a un puñado, el problema –dice– es el contexto. "Al salir de las reuniones con ellos, aparece otro que vuelve a llenarles la cabeza con ideas". 

Ana Gamboa 2

Ana Judith Gamboa llegó a Cali hace 40 años, proveniente el Pacífico colombiano y desde entonces, se ha dedicado a trabajar por su barrio

Se ve, por la forma en la que cuenta todo, que esa es su vida: procurar alejar a la gente de la violencia. Emocionada, con una sonrisa que casi nunca desaparece, dice que vale la pena el esfuerzo. Confiesa, eso sí, que la libertad para transitar entre las fronteras invisibles no es total. "Hay lugares a los que no he podido volver porque lo tachan a uno de sapo".

Dice que el problema es que no hay proceso. Habla del abandono de los de "arriba" (el gobierno) y los de "abajo" (la comunidad) Le pregunto ¿por qué lo ve así: los de arriba y los de abajo? No responde. Suelta una risa nerviosa. Tal vez se da cuenta que esa concepción hace parte del problema: creerse menos, insignificante. Lo del abandono, claro, es evidente. Las comunidades que viven en gran parte del oriente de Cali sufren discriminación. "Cuando presentan las hojas de vida, al ver que viven por acá, los rechazan inmediatamente", señala en tono de reclamo. Hay exclusión y muy pocas personas y entidades parecen querer hacer algo al respecto.

Parir para la muerte 3Esa realidad de los jóvenes, sin embargo, no aparece de la nada. No es mala suerte que un joven abandone el colegio, su casa y se dedique a delinquir. Hay que mirar de qué hogares vienen ¿su papá los abandonó? ¿Su papá maltrató a su mamá y crecieron en un hogar violento? Ana conoce muchos de esos casos. "A mí las mujeres del barrio me buscan mucho" ¿Para qué? le pregunto. "Cuando los maridos las maltratan".

Su arma de lucha y que también aprendió en los talleres se llama "El termómetro de la violencia". Señala su pie derecho y dice: "si mi marido me pisa intencionalmente, ya empieza el maltrato". Asegura que ello les permite entender a las mujeres que esa relación no es sana, que hay que denunciar. La violencia no se detendría ahí porque después del dedo, sigue un empujón, luego un golpe y por último, puede llegar la muerte.

"Una mujer me dijo que no iba a volver a hablar conmigo porque su marido se había enterado y no quería meterme en problemas a mí". Es una realidad que se repite: al ver que la violencia contra ellas no se detiene, pese al apoyo de mujeres como Ana, prefieren aguantar, prefieren seguir callando.

Esta líder, sin embargo, insiste en su tarea y hace hasta lo último, al menos, para que conozcan la ruta de atención a la que pueden acudir para recibir protección del Estado. Su cara se vuelve seria porque reconoce que, como en el caso de los jóvenes, la justicia y la misma ruta, generalmente es ineficiente y las revictimiza "¿Qué hago con decirles que denuncien, si no cambia nada?".

En ese momento, parece que Ana y todas las gestoras de paz en Cali son ruedas sueltas. Esfuerzos individuales en un mar de problemas que pese a programas como 'Yo no parí para la muerte´ resultan insuficientes. Lo extraño es que todo eso no la desanima. Sus hijos han insistido en que no siga por ese camino, que evite problemas, pero ella responde: "quienes tenemos la vena del servicio comunitario, no podemos parar, no podemos dejar de trabajar". Varias mujeres pasaron por su casa mientras hablábamos para saludar, para darle recados. La reconocen como una figura de liderazgo en su barrio.

Habla de su futuro y aparece algo que no me esperaba: está enferma. Sufre de cáncer y ya empezó la quimioterapia y si no lo dice, nada en su cuerpo, ni en su voz, lo delataría. Su fuerza y su sonrisa parecen venir de eso que hace todos los días: "repartir paz", que solo hasta ese momento pude entender.

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