Por Mónica Becerra
Ella corrió la cortina de su pequeña ventana, haló la palanca y los rectángulos de vidrio se separaron; la luz entró a través de ellos e iluminó el cuarto. Era un día soleado.
Miró el horizonte, vio algo inusual, pestañeó y regresó la mirada a través de su ventana. Allí estaba él, recostado sobre una sábana negra, con su torso desnudo y cuadriculado; su mirada hacia el horizonte con actitud pensativa, siguió recorriéndolo con su mirada y vio su mano izquierda puesta sobre una definida y torneada pierna, la cual le llevó a observar la única prenda que tenía puesta: un bóxer con rayas blancas y negras.
Suspiró y se dio cuenta, de que llevaba tres años viviendo en ese apartamento y sólo hasta ese día se había percatado de la existencia de aquel hombre.
Desde ese entonces su rutina cambio, todas las mañanas se levantaba temprano para poder verle ropa interior, cada día creaba fantasías con él, incluso hasta pensó en buscarlo e invitarlo a salir.
Un día ella se levantó, corrió su cortina y ya no estaba su vecino. Ahora había una linda rubia que promocionaba unas sandalias. La noche anterior habían cambiado la valla.




